4 Hilos: La felicidad de lo infantil

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Ayer, paseando durante la “noche precoz” que son las seis y media de la tarde, me crucé con dos niñas pequeñas. Probablemente tendrían seis años, no muchos más. Ambas llevaban el típico abrigo de invierno versión muñeco de Michelín color chicle y las, más típicas aún, botas de agua de plástico de color azul marino con borde blanco. Estaban saltando sobre un charco, chapoteando, riendo, jugando a ver quién salpicaba más, olvidándose del mundo: el agua, las botas y las risas. Y nada más.

Es una imagen muy habitual, pero me hizo plantearme (de nuevo) en la manera de ser felices que tienen los niños. La facilidad para disfrutar de “naderías.”  Pero no quería plantear el hilo de hoy como la típica reflexión de: sueña como un niño. Hoy no es el día Peter Pan, sino más bien el de analizar el PeterPanismo.

¿Por qué tenemos que esforzarnos en volver a lo infantil? Me refiero, claro está, al aspecto de ver la vida en su sencillez. ¿Por qué perdemos esa felicidad tan natural? Seguramente haya muchas razones, pero se me ocurren dos razones de considerable envergadura y que probablemente serán las más frecuentes. Vamos a desmontarlas.

La primera que me vino a la mente: La experiencia, la rutina, la antimagia  del ya lo he visto. Como en nuestra vida adulta habremos chapoteado en cientos de charcos y, no sólo eso, también habremos chapoteado en decenas de lagos, pantanos, piscinas, estanques, fuentes, playas… chapotear es algo que no llama en absoluto nuestra atención, mucho menos en aquella piscina de pequeños (ya sabéis, esa cuya profundidad amenaza tobillos y cuyo agua tiene, extrañamente, unos dos o tres grados más que la del resto del recinto)  que es el charco donde solíamos jugar en nuestra más tierna infancia. Bien, puede ser… ¿¡Y QUÉ!? ¿Acaso no hay películas que nos gustan tanto que somos capaces de verlas diez veces? ¿Y libros, juegos, situaciones, espectáculos, besos, conversaciones, compañías, chistes…? Pues amigos, siento tirar por los suelos (al menos en lo que a mí respecta) la excusa del “es que no me aporta nada nuevo o que no haya vivido antes.” Y esto nos lleva a la segunda excusa.

Es que ya no somos niños. Tenemos que avanzar, que madurar, que ver que la vida no es tan simple y disfrutar de las cosas sofisticadas. ¡Ajá! Pero bien que nos quejamos luego porque las cosas son muy difíciles. Además, lo complejo no viene a ser sino un mogollón enorme de cosas simples que se intrincan unas con otras. Por lo tanto, si disfrutamos lo complejo desde el camino de hacerlo con sus simplicidades, por cada cosa sofisticada y de gente mayor y madura que disfrutemos, lo estaremos haciendo de miles de millones de cosas más. Y además podremos ser felices chapoteando en un charco.

¿Pues qué queréis que os diga?, yo no le veo más problema que encontrar a alguien a quien salpicar cuando chapoteemos en el charco, para que sea más divertido. Hasta entonces chapotearé sólo, pero feliz.