45 hilos: Saber perder

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A pesar del título, esta entrada no trata sobre cómo perder o “saber hacerlo.” Esta entrada trata sobre el miedo a perder.

En mitad de una cultura de posesión (cuanto más tengas, más eres. Tanto en material como en experiencias), el afán, mayor o menor, de tener cada vez más, oculta una doble cara mucho más tenebrosa: El miedo a perder.

Esta idea no es mía, surgió en una conversación hace unas semanas con una amiga: no nos enseñan a perder. No tenemos una conciencia de pérdida, una cultura de pérdida. O más bien todo lo contrario, la tenemos y se lo aplicamos a todo, aunque no sean pérdidas reales.

El miedo a perder lo que tenemos (aunque sea malo) es, muchas veces, irracional.

Vayamos por partes:

— Síndrome del “Dios mío, que me quede como estoy:” Quizá de esto es de lo que más se está oyendo hablar últimamente, la zona de comfort. El miedo a arriesgarse a algo nuevo “por si es peor.” No digo que haya que arriesgarse siempre, ni que no haya que hacerlo, pero pocas veces tenemos la cabeza suficiente como para plantear el cambio de manera razonada. El miedo a perder lo que tenemos (aunque sea malo) es, muchas veces, irracional. También lo es el abandonarlo todo por un sueño poco meditado. Sin embargo, parece más habitual el “no correr riesgos” que el hacerlo. Mi pregunta es: ¿Hemos hecho adecuadamente el balance de riesgos? Sobre esto hace no mucho leí un artículo excelente, que recomiendo: Seguir o dejarlo, por Óscar González Soto

— Los dos diógenes: Al pensar en el síndrome de diógenes, quizá se nos venga a la mente un vertedero en casa, una cosa exagerada. Pero sin embargo es muy fácil encontrar “diogenitos,” versiones muy reducidas de la patología en su máximo esplendor. El “esto no lo tiro que algún día puede servirme,” los objetos que tienen “una carga sentimental elevada” y que solo vemos cuando limpiamos el fondo del cajón, cada año bisiesto. Lo queremos todo. Queremos que esté disponible. Nos dolería saber que ya no lo tenemos pero no nos importa ignorar su existencia. Lo que me lleva a una conclusión moralmente dolorosa: No se trata de la pérdida en sí, se trata de ser conscientes de la pérdida.

vivimos desadaptativamente intentando no perder.

Pero hay otro tipo de diógenes, el diógenes emocional. El de las relaciones que nos da miedo perder (por quedar bien, por protocolo, por cultura, por sentir que debemos algo a la otra persona (de nuevo, me remito al artículo de Óscar González), por miedo a la soledad, …) pero que nos hacen daño, nos bloquean o nos hunden. Y nos pasa tres cuartas partes de lo mismo. Que peleamos, a veces con uñas y dientes, por mantener ese “por si acaso.” Nos cuesta mucho asumir el concepto de “dejar ir,” porque es una pérdida más. Y es aquí, en el terreno de las relaciones, donde sucede una cosa curiosa: Cuando perdemos, al asemejarlo a una pérdida material, lo hacemos desde un matiz de “propiedad” que nos dificulta mucho ver lo que realmente significa ese “dejar ir.” No perdemos nada si partimos de la base que nunca lo “hemos tenido.”

— El origen del mal: ¿De dónde viene todo este problema? Pues para evitar culparnos a nosotros mismos y ser un poco condescendientes, mejor apuntar acusadoramente a todos y a nadie a la vez. A la infancia. A la educación. A la sociedad. Nadie nos enseña a perder. Perder es, desde que aprendemos la palabra, conceptualmente malo. No puede ser bueno. No puede ser incluso neutro. No nos enseñan a perder cosas, a dejarlas marchar o a que nos las arrebaten. No sólo no aprendemos que a veces perder es bueno, sino que tampoco aprendemos a reaccionar frente a la pérdida. Porque pérdida y fracaso son lo mismo. No pueden ser lo mismo si existen muchas pérdidas que no dependen del perdedor, ¿cómo puede ser fracaso suyo? Ante la pérdida, la reacción que se aprende es la de la frustración, la de la pena. No es siquiera la de la resignación, mucho más difícil sería que aprendiéramos una reacción de reestructuración ante la pérdida. Es difícil cambiar el pensamiento de “mi mano estaba llena, tenía todo, y lo he perdido” al de “si mi mano, que estaba llena, ahora no tiene nada, ¿qué cosas puedo hacer con mi mano ahora libre?.”

— Las consecuencias: Si nos damos cuenta de lo que significa tener nada más que una reacción frente a la pérdida, asumir que tenemos que tener todo lo posible y que debemos proteger todo lo que tenemos aunque sea contraproducente… la conclusión es que vivimos desadaptativamente intentando no perder.

Por eso, mientras lo tengas presente, intenta preservar aquello que REALMENTE no quieras perder, no gastes fuerzas en lo que REALMENTE no te importaría perder y, cuando pierdas, recuerda que puedes sacar algo REALMENTE productivo de dicha pérdida.