19 Hilos: El día absurdo (primera parte de infinitas)

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Hablo del día raro, del día divertido, del día que puede que no salga de lo normal pero que uno está abierto a recibir todo lo raro que pase… si intentase simplificar este tema en una única pregunta (al menos para esta entrada), sería: ¿No es curioso que estas cosas sucedan todas de golpe en un mismo día? Me hace pensar que estas, probablemente mal llamadas, “coincidencias” no sean más que una actitud receptiva de cada uno, un estado de ánimo… o kármico.

Hablo de días en los que suceden, de manera encadenada, cosas como el Bookmerang o lo que es lo mismo, dejar unos libros en la parada del bus para hacer Book-crosing y que al cabo de aproximadamente diez minutos después llegue una señora (colmo de la amabilidad y del bien social capaz de producir el ciudadano de a pie, esos que mantienen a los escépticos la fe en la humanidad) casi perdiendo el resuello para devolver los libros e incluso ofrecerse a devolverlos a la parada de bus (que ya estaba un tanto lejos) cuando se entera de que lo que queremos es dejarlos ahí para otra persona. Al final esta historia da pie a otras, como la de la maldición de los libros de los que no te puedes deshacer (pura imaginación, el siguiente banco los aceptó sin devolverlos… ¡por el momento!).

Y es que son estas cosas las que hacen tener la predisposición al absurdo incluso viendo lo más normal, ya que a los diez minutos (diez minutos, de nuevo diez minutos, es la distancia que separa una locura de otra), encontrar un castillo en mitad de la ciudad (sí, sí, di lo que quieras, que es un edificio o una casa grande, pero eso no dejará de ser un castillo con altos torreones, calabozos excavados en el estrato inmediatamente superior al umbral del infierno y dragones, muchos dragones) y ver que tal castillo es ni más ni menos que el de “el defensor del pueblo.” De nuevo diez minutos de comentarios absurdos:

-¡Uuuuuuh!El defensor del pueeeeblooooooo, cómo nos defiende desde su tooooorreeee, que alguien le rescaaaaateee, uuuuh

-Estará bien defendiiiiido, el defensor del pueeeeeblo

Absurdo en lo cotidiano, pero absurdo al fin y al cabo, como el ladrón invisible, ese que entra a la cafetería bien erguido, con presencia, mira a todas partes hasta que sus ojos fijan el objetivo y se acerca abiertamente hasta quedarse cerca y se queda un rato mirando (afortunadamente, sólo unos segundos, no diez minutos), se agazapa cual felino a punto de saltar sobre su presa y, entonces, termina de avanzar y creyéndose totalmente invisible, coge el objeto del robo ante la mirada de todo el mundo, la posterior increpación del dueño y la huida al más puro estilo “aquí no ha pasado nada” (sin premio, claro está) del más ninja entre los ladrones.

Así sucede, que en días así… uno tiene el humor subido, porque es un estado prácticamente mágico, tan receptivo como creativo.

¡Olé por los días absurdos!