14 Hilos: Optimismo

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Después de encaminarme poco a poco hacia el optimismo desde etapas más pueriles en las que era difícil ver ese “lado bueno de las cosas,” me pregunto: El optimista… ¿nace o se hace?

Dudo que se nazca. No lo niego categóricamente, desde luego, pero creo que no se nace siendo optimista. En el mejor de los casos, el entorno familiar y social puede marcar una tendencia al optimismo, pero al no haberlo desarrollado por el propio esfuerzo supongo que sería fácilmente desmontable.

Para mí el optimista TIENE MÉRITO. Porque el optimismo se trabaja, y cuesta. Uno puede levantarse todos los días intentando buscar una manera de ver mejor cualquier incidencia. Se encontrará que durante meses se va a tener que forzar para hacer eso, incluso muchos días se olvidará de hacerlo. Pasado mucho tiempo podrá convertirse en una rutina, pero que piense en la versión optimista de las cosas no quiere decir que se crea esa opción. Ya, por fin, y después de mucho esfuerzo, se habrá demostrado en numerosas ocasiones que los pensamientos optimistas son los acertados (si no te llevan a elegir malos caminos, claro. Justificar la vagancia, por ejemplo, por pensar “ya saldrá de alguna manera” no es ser optimista). Porque se tarda tiempo en descubrir de verdad que el lado bueno de las cosas es algo que realmente existe y que no hace falta inventarlo.

Si a todo este proceso, difícil como es, se le suma el constante ataque de quienes no saben ver en el optimismo una forma MUY saludable de vida (aunque muriésemos antes, con que muramos sonriendo ya basta), el hecho de serlo adquiere un valor añadido a todo el esfuerzo que requiere.

Finalmente, cuando uno ya vive lo que otros llaman optimismo, cuando termina esa carrera (que realmente no termina nunca, simplemente uno pasa el “checkpoint” que pocos se esfuerzan en atravesar), se da cuenta de que ha dejado de ser optimista para ser un realista que sabe disfrutar de matices y aspectos que otros no son capaces de apreciar.