Personas que inspiran libros

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He aquí uno de los relatos (el primero y el que da sentido a que quisiese publicar la antología), un tributo muy especial a mi abuelo.

Donde sea que estés sé que sigues bajando la luna por tus nietos

ABUELO

El naranja intenso del sol del atardecer atravesaba la ventana y penetraba en la habitación por las rendijas de la persiana, a medio cerrar, dibujando en la alfombra un cuadro de paralelos gusanos de luz. Sobre ella jugaba alegremente un niño que trataba de atraparlos con un cochecito de plástico. La habitación, de pequeño tamaño y levemente iluminada por los pocos rayos de luz que conseguían entrar, estaba en semipenumbra, pero con luz suficiente como para que el chico pudiese ver su propio juego. Sobre el extremo de la alfombra, ubicada en el centro de la salita, había una mesa de madera y, contra la pared de su izquierda, se apoyaban dos sillones amplios y mullidos. Sobre uno de ellos, sentado, se encontraba el abuelo mirando a partes iguales la televisión y el juego del niño, atento por el riesgo que suponía la cercanía de las patas de la mesa.

El juego empezó a perder interés según la luz del atardecer fue decayendo, volviendo tenues los equidistantes gusanos. Sin tiempo de aburrirse, el niño subió a una de las sillas que rodeaban la mesa y comenzó a mirar por la ventana recién descubierta por su abuelo. Con la oscuridad comenzando a ganar terreno a la luz, había tenido que levantarse y recoger la persiana para dejar pasar por completo los últimos rayos del astro ya oculto por los altos edificios que se apretaban en la calle contigua. Durante unos minutos el niño no se movió apenas de la silla mirando a través de la ventana. Su abuelo observaba intrigado. Finalmente terminó por preguntar.

– ¿Qué ves, pequeño?

La pregunta, intencionada o no, tenía bastante de acertado. Pudiendo haber preguntado qué miraba preguntó qué veía. Nadie podía responder exactamente hacia dónde miraba, pues ni él mismo lo sabía. No obstante era bien diferente lo que veía.

En la cabeza de un niño la imaginación abarca cada una de las paredes, cada una de las habitaciones y las celdas de su cerebro. Con total seguridad ni él era capaz de responder aun conociendo lo que veía.

En esta ocasión observaba al sol esconderse e imaginaba lo que haría detrás de los edificios ahora que estaba oculto para todo el mundo. Seguramente haría muecas, pondría caras raras para después avergonzarse en cuanto en el otro lado del mundo comenzasen a verlo. Imaginaba que todos los edificios de enfrente se deshacían en ladrillos de todos los colores para reconstruirse en un enorme puente que llegaba hasta el sol. Entonces comenzaba a caminar sobre el puente en eterna destrucción y reconstrucción. Un paso hacia adelante y se desmoronaban los ladrillos de la retaguardia, flotaban a gran velocidad y lo adelantaban para llegar antes que él al extremo del colorido puente y poder continuar el camino. Y así proseguía la creación y descreación del camino hasta llegar al gran astro. Una vez frente al incandescente sol lo miraba fijamente y, sin previo aviso, comenzaba a hacerle muecas para que viese que en la tierra también hacemos esas cosas. De esta manera el sol
podía perder la vergüenza y continuar su viaje para despertar de la noche regiones muy lejanas.

De vuelta a la tierra, a la salita de estar en la casa de sus abuelos, una voz se estaba dirigiendo a él.

– ¿Qué ves, pequeño?

No sabía muy bien qué responder. Estaba mirando hacia el sol y se había dejado llevar. Al oír la pregunta miró de nuevo al lugar donde se ocultaban sus últimos rayos. Ya no estaba. Su brillo ya no se percibía y sólo quedaba un homogéneo tono rosáceo dominando el cielo. Fuera de aquel espacio que ocupaba el gran astro, el rosa perdía su homogeneidad convirtiéndose en un degradado hacia el azul oscuro del anochecer.

– Viene la noche.

Es lo único que el chico fue capaz de responder.

La luna caminaba por el espacio, muy lejos aún de la tierra, con un mapa cogido entre las manos, pero sin encontrar el camino. Iba de estrella en estrella preguntando y enseñando el mapa con preocupación. Su trayecto dibujaba una a una las constelaciones tal como las vieron los griegos antiguos. La luna seguiría dando vueltas por todas y cada una de las constelaciones hasta llegar a la tierra e iluminarla en su nocturno sueño. Esto preocupaba al pequeño satélite, le disgustaba llegar tarde, pero muchas veces debido a su mala orientación tardaba incluso horas en llegar. Entonces empezaba a correr todo lo que podía para llegar antes, y se perdía mucho más. Además llegaba cansada a la tierra y se quedaba dormida. Cuando el sol llegaba, a la mañana siguiente, ella seguía luciendo alto en el cielo, completamente dormida y sin inmutarse de la llegada de su relevo. El sol, comprensivo, dejaba descansar a la luna hasta que se despertara por sí misma. Alterada y despistada, la luna agradecía al sol su llegada y se retiraba con un tenue y prolongado fundido.

– ¿Te da miedo? –Pregunta su abuelo.

– Qué va. –Contesta el nieto, aún pensando en la luna cogiendo el mapa con sus infinitos pliegues y sin saber cómo abrirlo bien sin que se le deshiciese entero.

No obstante no todos los pensamientos del chico estaban tan lejos. Otros quedaban mucho más cerca, en la tierra, en las personas que conocía.

Una segunda vez su abuelo le preguntó “¿Qué ves, pequeño?” En esta ocasión el niño estaba mirándolo a él, pero con la vista completamente perdida.

En este caso su abuelo se calzaba un traje de astronauta para salir al espacio a salvar a la luna de su propia desorientación y traerla de vuelta a la noche terrestre. Alegre, la luna crea, con la ayuda de las estrellas, una nueva constelación: El Abuelo.

Para el niño, sólo alguien como su abuelo podía ir a buscar a la luna y traerla de vuelta sin perderse en el despiste del astro. Alguien fuerte, inamovible, seguro.

– ¿Y la luna, cuándo viene? –Es toda la contestación por parte del pequeño acostumbrado a nunca contar lo que realmente estaba viendo. Con la mirada así de perdida podía estar mirando cualquier cosa, sin embargo lo estaba mirando a él, a su abuelo. Veía a una persona íntegra, sólida, con un sentido del humor especial, del que costaba diferenciar qué era broma y qué no, pero sin embargo siempre presente. Para él era un modelo de vida, aquel humor socarrón y burlesco que sobrevivía incluso a las peores realidades no dejándose manchar ni disimular por ninguna de las penas, inmutable. Su abuelo era alguien que no se dejaba llevar por las situaciones, permaneciendo siempre constante hasta en la peor de las mismas, al menos era así como el niño lo veía. Era una de las personas a las que querría parecerse de mayor.

Esto era lo que realmente estaba viendo. Sin embargo por aquel entonces no lo sabía.

Podéis encontrar el libro completo en versión electrónica aquí: http://www.bubok.es/libros/202312/Palabras