Oct’12: Sueños de chocolate

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Era un mundo blanco y puro, brillante y vacío. Una nada relajante que tenía el poder de adueñarse de todo lo que entrase allí porque todo lo que entrase allí tenía el poder de adueñarse de aquella nada. Rodeado de una infinita materia blanca, sin superficie ni dimensiones, un niño de no más de nueve años moría de hambre. Su cerebro, falto de energía, era incapaz de reproducir la película de su vida adecuadamente y las escenas se repetían enmugrecidas por las famélicas interferencias del dolor de estómago. Lo que antaño habían sido recuerdos felices eran ahora las escenas eliminadas del filme, y las que se habían incluido lo hacían de manera tan distorsionada que dolían más que los recuerdos más horribles.

Lejos de la nívea sala de proyecciones, en la que el pequeño esperaba los créditos finales, su cuerpo se encontraba en el suelo, recostado contra la fría pared de piedra de la última casa que lo vería robar. La dureza de sus huesos apenas era amortiguada por la piel reseca, deshidratada. La gruesa y roñosa capa de mugre adherida a su cuerpo no era capaz de evitar que el calor se escapase de su caquéctico receptáculo segundo a segundo. Con la huesuda rabadilla clavándose en el suelo, su mente había viajado a un lugar blanco, puro y lejano. Su cuerpo vacío mantenía una respiración débil que apenas sí acunaba el aire de un lado a otro de sus pulmones. Tampoco tenía la fuerza necesaria para completar una única respiración bien hecha. La cabeza, grande en comparación con el resto de su cuerpo, colgaba de un fino y quebradizo cuello, con todo su peso hacia delante, amenazando con partir su soporte. Las piernas, sucias y magulladas se prolongaban a lo largo del suelo, sin reaccionar a las moscas que se posaban en ellas. A los lados del tórax, apenas móvil, comenzaban a descender dos brazos que prácticamente transparentaban a pesar de la suciedad que los oscurecían más allá del límite de lo saludable. Al final del brazo derecho, una mano de dedos largos, igual de huesuda que el resto del niño, sostenía un mendrugo de pan que, por su dureza, nadie dudaría que hubiera vivido más años que el chico. En la mano izquierda aún brotaba la sangre, fresca y oscura, de la poca carne que el dueño del ínfimo trozo de pan había encontrado para clavar sus dientes. A lo lejos aún podía escucharse el eco de los ladridos de aquel perro enorme.

Los ladridos entrechocaban en los espacios que había en las escenas entre un recuerdo y el siguiente. Un momento aséptico de su vida pasada le dio un segundo de respiro a su agotada mente: El momento en que acudió por vez primera a la Zona Vacía, nombre por el que era conocida aquella gran nada blanca.

Fue uno de sus criados quien le enseñó a llegar allí y los fundamentos básicos de cómo funcionaba el lugar. Su padre siempre había estado demasiado ocupado como para molestarse en enseñar a su hijo a usar el Vacío, al fin y al cabo él se había convertido en una leyenda entre los hechiceros y asumía que su descendencia tendría una capacidad autodidacta innata. El recuerdo, que aún no se había vuelto desagradable, se encaminó por los años de esfuerzo que había dedicado en intentar complacer a su padre, sin éxito.

La angustia, o el hambre, arañó sus entrañas cuando su mente prosiguió hasta llegar al momento en que las llamas consumían su habitación, su palacio, sus tierras. Era el resultado habitual cuando aparecía entre los Señores del Vacío una leyenda viva. Para ellos las leyendas sólo podían estar muertas, pues las vivas dejarían de serlo en cuanto falleciesen. Y nunca fallecían por causas naturales.

El niño nunca hasta entonces había entendido lo que significaba no poder hacer uso en absoluto de la Zona Vacía. Para él siempre se había tratado de un método para ganarse el respeto o, al menos, la atención de su padre. Pero cuando se quedó sin familia, sin casa y sin conocidos, se encontró de cara con un mundo en el que no eras nadie si no sabías hacer magia, al menos, de la manera más elemental posible. Un mundo en el que el estatus lo daba el poder y la vida la daba tener algún tipo de estatus. Un mundo cruel en el que no había compasión si eras considerado un desecho aberrante.

Sus últimos recuerdos fueron protagonizados por las humillaciones que había sufrido en el último año. Los golpes y maltratos que aún no habían acabado con él, no sabía si por suerte o por desgracia, martilleaban en su deshilachada alma mientras el hambre lo hacía en su cuerpo. Podrían haberle matado con solo pensarlo, y estaban en su derecho de hacerlo, pero nadie ofrecía una muerte digna a manos de la magia a alguien que, sencillamente, sobraba en su mundo. Nadie había sido capaz de ofrecerle un trozo de comida y era golpeado cada vez que hurgaba en algún cubo de basura. Todos se comportaban como lo habría hecho él unos años antes. Aún recordaba cómo había tirado a la basura una tableta, prácticamente entera, de un chocolate de una tonalidad algo más oscura de lo habitual sencillamente porque no le gustó ese sabor amargo. Cuando el hombre más anciano que el niño había visto en su vida, en la mitad de la treintena probablemente, fue corriendo a por la tableta y su padre lo apartó del cubo de una patada, el chico recogió el chocolate y lo comió con disgusto para que nadie más intentase quitárselo.

¡Cuánto echaba de menos ahora el más mínimo fragmento de aquella tableta! Su mente se hundía en un mundo de chocolate crujiente, fundido, caliente y frío, dulce y amargo, recubierto por más chocolate. Se dejó llevar por sus sueños de chocolate mientras éstos llevaban al niño hasta el final de sus días. La película terminó su proyección mientras el blanco mundo de nada comenzaba a inundarse de cascadas de chocolate, cubriendo por completo la mente del pequeño y enterrándolo en un dulce mar marrón.

Mientras tanto, la cabeza seguía colgando amenazadoramente de un cuello insuficiente para sostenerla. La respiración se apagaba a un ritmo tan lento que nadie podría haber apreciado si había dejado ya de respirar. Los brazos caían inertes a ambos lados del cuerpo, uno aún sangrando y el otro sosteniendo una tableta de chocolate amargo.