May’12: El sumidero de los Dos Soles – La historia de un ciclista

By

Existen en el mundo cosas invariables. Invariables como las leyes que rigen el universo. Invariables como que la luna tarda veintiocho días en rotar alrededor del mundo. Invariables como que el sol celeste se alza todas las mañanas por el este, cincuenta y siete minutos antes de que el sol terrestre le siga realizando un arco menor. Invariables como que la distancia entre los dos soles vaya reduciéndose hasta la hora del destello, al 72,56% del ciclo solar visible. Siempre la misma distancia cada amanecer, la misma variación cada atardecer. Existimos también personas cuya labor consiste en hacer día a día que todo ello sea invariable.

 

Hasta hoy he mantenido esto como un secreto, temiendo constantemente lo que podría sucederme de revelarlo, pero el secretismo ya se ha perdido y poco importa lo que yo tenga que decir. La gente está satisfecha con no tener que tomar decisiones, con vivir sus vidas y dejar que de lo demás se encarguen otros. Esto funciona en la gran mayoría de casos, pero siempre existe un reducido grupo de curiosos, de gente insatisfecha que quiere saber, conocer, desvelar, decidir… Para este otro grupo de gente existen las “teorías conspiracionistas,” los departamentos secretos de los gobiernos, las historias de espías, mafias y demás secretismos a nivel nacional o internacional. Historias que se filtran como ocultas, que no deberían saberse, pero que interesa que llamen discretamente la atención. A decir verdad es un sistema realmente efectivo. Tal es la maraña de servicios secretos que hasta los más entendidos se pierden en ella y nadie consigue ver más allá de esa red de mentiras y verdades de velo semitransparente que ocultan tras de sí otro velo mucho más tupido.

 

Si tuviese que explicar para quién trabajo, y me permitiesen hacerlo, podría responder que para todo el mundo. Eso sería lo más cierto. O no sería una mentira del todo. Lo primero que tendría que aclarar y decir de mi trabajo es que es monótono, como la mayoría de los trabajos. Quizá eso me daría algo de tiempo para pensar en cómo explicarlo.

 

Detrás de todas las agencias secretas de cierto nivel suele esconderse un interés común, ya sea de una nación o de un grupo de naciones. En mi caso también existe un interés común, común a todo el mundo. En cierta manera trabajo para proteger la vida de todos.

 

Hace ya tiempo se detectó que cada año el sol celeste se alejaba de nuestro mundo unos cuantos metros. No sólo eso, la distancia con que se alejaba era exponencial. Por lo tanto, lo que un año eran unos cuantos metros al siguiente serían unos kilómetros. En ese momento la celeridad con que investigaron el tema fue digna de recordar. Dos teorías trataron de explicar lo que sucedería: La primera abogaba por el descenso gradual de las temperaturas hasta la completa congelación del planeta; la segunda, igual de indeseable, hipotetizaba que el sol terrestre perdería su equilibrio gravitacional cayendo directamente sobre la tierra con unas consecuencias prácticamente igual de nefastas. Nunca llegué a saber si alguna de ellas era cierta.

 

Afortunadamente para el mundo, y para mi vida laboral, no fue el único cambio que se detectó, también se vio que los campos electromagnéticos de la tierra habían variado creando una especie de remolino, de espiral, en una zona deshabitada de mi condado. Para no andarme por las ramas con detalles técnicos y físicos que ni yo mismo termino de entender, lo explicaré diciendo que el mundo estaba perdiendo su energía por un gran sumidero electromagnético cerca de mi ciudad.

 

Cómo conseguí el trabajo es una historia que no es relevante en este momento. Lo importante es que yo trabajaba ahí. Era un complejo subterráneo extremadamente moderno en su diseño arquitectónico, aunque por algún motivo me transmitía la sensación de antiguo. Probablemente eran las puertas, cuyo cierre mediado por una rígida rueda me recordaba a las puertas de los submarinos que veía en las películas favoritas de mi infancia. Por los pasillos se podía encontrar un sinfín de gente cubierta por una bata innecesaria que vestían con orgullo para demostrar que ellos eran los que se encargaban de pensar. Luego estábamos los trabajadores de rango nulo, como yo. Seguridad… La verdad es que no solía ver mucha, supuse que debía haberla, pero no llamaban especialmente la atención. En mis últimos días trabajando allí descubrí que sí había personal de seguridad. Bastante personal de seguridad.

 

Parece ser que en mitad de aquel coladero de energía por el que nos íbamos hundiendo poco a poco radicaba el origen del distanciamiento entre los dos soles. Aquella era la clave. Nuestra supervivencia estaba supeditada a los metros que separaban aquellos dos astros. Y era nuestra labor mantener esa distancia.

 

Trabajábamos por temporadas, habitualmente de dos a cuatro semanas donde hacíamos vida en las profundidades de aquella nave subterránea. De cara al exterior se nos vendía como mineros encargados de la extracción de un nuevo material con ciertas propiedades magnéticas que lo volvían realmente valioso. No había verdad alguna en todo aquello salvo, quizá, las propiedades magnéticas con que nos manejábamos. El campo electromagnético de la tierra es algo imperceptible, al menos sensorialmente. No era precisamente un mar imantado donde los metales flotasen cual medusas en mitad de la nada. La gran mayoría de los que empezamos a trabajar en aquel lugar no eramos siquiera conscientes de la existencia de tal campo. Sin embargo, ahí dentro éramos capaces de percibirlo.

 

El complejo estaba numerado por niveles de seguridad, por decirlo de alguna manera. Cuanto más se adentraba uno, la red de pasillos, e incluso la de personas, se enmarañaba. Desde que se instaló el complejo se dio a entender que, contrario a la explicación más sencilla, esos niveles de seguridad indicaban, de forma inversa, la seguridad del que se adentraba. Ninguno de nosotros, trabajadores ninguneados, pensamos que aquello fuera cierto. Todos creíamos que los niveles de seguridad eran un eufemismo para decir ‘niveles de secretismo.’ Realmente lo eran, pero no por ello dejaba de ser cierto que cuanto más lejos de las zonas mejor guardadas más seguro estaba uno.

 

La utilidad del edificio subterráneo y sus trabajadores radicaba en que se había ideado (o descubierto, la verdad es que en el terreno práctico no hay diferencia) una manera de invertir ese flujo que arrastraba a nuestro mundo a las profundidades de una incógnita que preferiríamos no descubrir. Según se nos explicó a los que éramos algo más limitados de entendederas lo primero que se escurriría por el sumidero eran aquellas cosas imperceptibles, como indicaba el campo magnético, después iría lo más físico y palpable. Ráfagas de viento a velocidades imposibles arrastrarían todo lo que encontrasen a su paso hasta que no quedara nada que llevar o hasta que algo atascase el desagüe por el que nos íbamos perdiendo poco a poco. Para ello trabajábamos con un mecanismo de contracorriente. Arrastrábamos a través de aquel imbornal toda la energía que se perdía a diario.

 

Era un trabajo extenuante, imposible de mantener durante más de unos pocos días. No sólo a nivel físico, sino también en un plano más profundo. A decir verdad, al principio pensé que mi trabajo era absurdo. Unos pocos centenares de personas nos encontrábamos en una sala de dimensiones inmensas plagada de algo similar a bicicletas estáticas. Ninguno de nosotros llegó a ver la gran maquinaria que accionábamos, pero se la escuchaba rugir desde las entrañas de la tierra cada vez que sincronizábamos revoluciones con nuestras monocordes pedaladas. Por lo que se nos explicó, aquella maquinaria invertía el flujo de pérdida energética hasta mantener un estado de equilibrio. Un equilibrio artificial. Antes de comenzar cada turno comprobábamos una serie de datos, donde lo fundamental era el peso de la energía que habíamos acumulado en la máquina y la distancia entre los dos soles. Con eso calculábamos lo necesario para retrasar nuestro fin. Ochenta y cuatro kilogramos por metro. No comprendía por qué se medía en kilogramos la energía que producíamos, tampoco me importó en exceso. También comprobábamos la distancia en que se preveía que se separasen los soles de no actuar nosotros. Era un número que todos sabíamos de memoria, inmutable como la supuesta inalterabilidad del trayecto orbitario que describían diariamente los dos astros, 2,71 metros. En una pared frente a la entrada a aquella gran sala colgaban las tres láminas, cada una con uno de los dígitos, y entre ellas la coma. Todos los días alguien se encargaba de cambiar los carteles que indicaban con cuánta reserva de energía empezábamos la jornada. Nadie cambiaba el número del previsible aumento de la distancia intersolar. Ese número era el reflejo de la velocidad a la que perdíamos nuestro mundo. En una ocasión la gran maquinaria (aunque nunca la había visto, debía de ser inmensa si todo aquel estruendo era fruto de su funcionamiento) quedó bloqueada durante días. Las reservas de energía llegaron a cero y aquel número inmutable aumentó de manera desmedida. El primer día tras desabastecernos la previsión fue de 7,34 metros. El segundo 53,94. Afortunadamente el tercero la máquina comenzó a funcionar de nuevo. Después de aquel incidente sólo recuerdo jornadas de trabajo intenso y extenuante para obtener gramo a gramo las más de cuatro toneladas que necesitamos para reajustar la distancia intersolar. De mis recuerdos de aquellos días sólo conservo jirones, nos obligaron a estar allí abajo más de lo estipulado, y nuestra salud lo acusó.

 

Como ya he dicho, algo nos iba consumiendo más allá del agotamiento físico. No era la desmedida cantidad de ejercicio que nos veíamos obligados a realizar. Algo en nuestro interior cambiaba. Nos volvíamos irritables al cabo de unos cuantos días allí abajo, perdíamos fragmentos de nuestros recuerdos para, más adelante, recuperarlos en las pocas semanas de descanso que nos permitían. Algunos llegaban incluso a perder el habla. Otros tenían visiones irreales distorsionadas, atemorizantes. Nos hacían un reconocimiento dos veces por semana. En dos o tres semanas, cuatro los que mostrábamos mayor resistencia a lo que aquel lugar o aquel trabajo nos provocaba, volvíamos a la superficie a recuperarnos. Arriba, después de recuperarme del daño, podía ver cómo la gente seguía con su vida sin la menor sospecha de lo que ocurría sobre sus cabezas, bajo sus pies, a su alrededor. Es sorprendente la facilidad con la que perdemos de vista aquello que damos por hecho. Sólo respiramos conscientemente cuando alguien nos habla de respirar. ¿Acaso no dejamos a la voluntad el parpadear únicamente cuando pensamos en ello? ¿Cuántos pasos damos focalizando nuestra atención en los minúsculos movimientos intrincados en toda la cadena, los ínfimos cambios de peso con los que jugamos al balancear el cuerpo hacia delante, los puntos exactos de apoyo de nuestros pies? ¡Y todo ello en nuestro propio cuerpo! Cuando esa curiosidad innatural se aleja de nosotros nos volvemos mucho más ciegos. ¿Quién se pregunta por qué cada segundo dura eso y no más? ¿Nadie plantea la duda de dónde va la energía que se pierde en el mundo? Esa inquietud se pierde cuando se vive en la sencillez de un mundo del que no sabemos que se desmorona. No tenemos nada que pedirle a la vida salvo que suceda.

Si pensase sobre esto a diario no tendría tiempo para vivir. Si no lo pensase, nadie tendría tiempo.

 

Cuando bajábamos de nuevo, nos reencontrábamos los compañeros del turno, las sonrisas melancólicas se cruzaban unas con otras aplastando en un silencio lacónico la certeza que todos teníamos del sufrimiento al que nos íbamos a enfrentar. Dejar de ser nosotros mismos. Perdernos en el abismo de un laberinto subterráneo construido para un bien mucho mayor que cualquiera de los que allí abajo nos dábamos palmadas en la espalda cuando realmente queríamos darnos palmadas en nuestras almas. Pero la idea de salvar al mundo nos mantenía en silencio, centrados en nuestro trabajo, mientras perdíamos la cabeza y, probablemente, algo más. Durante el reencuentro nadie mencionaba las ausencias, los compañeros que nunca volveríamos a ver. Para mantener el ánimo intentábamos pensar que habían cambiado de turno.

 

Aunque no quería reconocerlo, sabía que aquel remedio sintético no pasaba de ser un parche sobre una válvula que aún seguía filtrando aire y, cuando la presión aumentase, reventaría llevándonos a todos por delante. El laberinto subterráneo terminaría por claudicar, la artificosidad con la que pretendían combatir el orden natural de nuestra desaparición acabaría agonizando en el rincón más perdido y profundo de aquella nave. El plan mostró finalmente su languidez al año de comenzar. Me habían concedido por aquel entonces catorce descansos. En esta ocasión no hubo ningún problema con la maquinaria, aparentemente funcionaba a la perfección. Teníamos más de diez toneladas de energía en reserva para evitar eventos como el que ya había sucedido. Pero la constante de distancia entre soles dejó de serlo. Aumentaba sin nadie saber por qué. Nuestras reservas de energía comenzaron a descender como si con nuestro pedaleo la desvaneciésemos en lugar de generarla. Recuerdo haber pensado los primeros días que, afortunadamente, la distancia en esa ocasión aumentaba a un ritmo muy discreto, aunque el rendimiento de nuestra energía fuese a menos. No tuvieron que sucederse muchas de aquellas fatigosas jornadas para que reconociese que la fortuna hubiese sido que todo hubiera finalizado de golpe. Pasamos semanas encerrados bajo tierra. Nos quitaron las revisiones médicas y, con ellas, los períodos de descanso. Dos semanas, tres semanas. Alguno de los nuestros abandonó el silencio de respeto y comprensión mutua que mudamente habíamos acordado y comenzó a dar alaridos. Cuatro semanas. Dos más se enzarzaron en una pelea que entre todos tuvimos que controlar. Nos obligaron a trabajar más horas al día por abandonar nuestra labor para impedir que se mataran entre ellos. Cinco semanas. Nuevas trifulcas entre muchos de nosotros, en aquella ocasión sí corrió la sangre. Seis semanas. Nadie se había llevado los cadáveres. Algunos de ellos, fallecidos con los ojos abiertos, nos dirigían miradas de condena, no de la que nos deseaban sino de la que sabían que estábamos destinados a padecer. Uno de mis compañeros permanecía estático sobre su bicicleta, sabía que aún vivía por los tenues movimientos de su tórax al respirar. Fue apaleado para que volviese al trabajo. Aún recuerdo el agujero que quedó en su cráneo tras el último golpe. Siete semanas. Dejaron de venir a reprendernos, no volvimos a ver más personal de seguridad, tampoco otras personas, nos habían encerrado. Algunos de los pocos que quedábamos paseaban por la habitación con los brazos alzados hacia delante mientras andaban ciegamente murmurando palabras sin sentido, como niños que persiguen mariposas, pero sin la felicidad. Los que aún pedaleábamos no recordábamos por qué lo hacíamos, personalmente intentaba darle algún sentido a mi existencia. Ocho semanas. El olor concentrado de la sangre y la podredumbre era insoportable. Ni rastro de los vendavales que habían de aplastarnos contra el centro de la tierra y tirarnos a todos por el desagüe. Era la única persona que pedaleaba, aún quedábamos tres con vida. Uno de ellos se metía constantemente trozos de ropa mugrienta en los orificios nasales para detener el olor nauseabundo, pero cuando se veía obligado a respirar por la boca, masticando los efluvios de la muerte, desobstruía su nariz en unas milésimas para olvidar lo sucedido en poco rato y recomenzar de nuevo todo el proceso. El otro era Brian, mi mejor amigo. Permaneció a mi lado en todo momento. Me susurraba al oído. “Edmond, Edmond, sé donde te escondes.” En ocasiones me lamía la oreja. Agradecía el gesto sólo por dejar de oír mi nombre arrastrado por la voz seca de la deshidratación, como el sonido que producían las largas y roñosas uñas de la muerte rascando dentro de la carcasa de mi cuerpo. “Edmond, Edmond, estoy viendo nuestras almas, están podridas.” Mi última pedalada me recordó qué hacía ahí abajo, con un loco desangrándose por las constantes heridas que se provocaba en la nariz y otro acongojándome mientras recorría con su lengua, seca como el estropajo, todos los surcos del cartílago de mi oído. “Edmond, Edmond, yo creo que iremos al infierno por habernos comido unos a otros.” Mi última pedalada me recordó qué hacía ahí abajo. Volví a mirar los números de la pared, láminas de silicona anilladas para que el responsable de turno se encargase de ubicar los números exactos. Llevaban semanas sin que nadie las cambiase, pero no importaba. A pesar de que teníamos más de cien toneladas de energía el otro número mostraba seis nueves consecutivos y otros dos nueves más detrás de la coma. Para mí esos números carecían de sentido. Lo único que tenía sentido entonces era la lengua de Brian y el indeleble sabor de la carne cruda.