La vida interior del grafito

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No tenía la menor idea de lo que se disponía a hacer. Había dejado todo preparado, sabía lo que tenía que suceder, pero ignoraba qué resultado final estaba buscando. Flotando en el aire, las notas de una música calmada y suave se fusionaban con el olor agudo y dulzón del aceite aromático que estaba prendiendo a su espalda, hasta ser incapaz de distinguir si era el sonido del aceite o el aroma de la guitarra lo que relajaba tanto su mente.

No sabía por dónde empezar. La mirada, rápidamente fluctuante, como la de un atento gorrión, se posaba aquí y allá sin prestar atención a nada en concreto. La batalla estaba por comenzar y el miedo atenazaba sus ideas, agarrotaba sus músculos crispándolos alrededor de su única arma y creaba por todo su cuerpo un sentimiento extremo de indefensión. La luz del escritorio iluminaba el níveo campo de batalla, un área rectangular de bordes precisos y apenas treinta centímetros en su dimensión de mayor longitud.

Lentamente, casi inmóvil, dejó caer la punta de su arma sobre el blanco papel. El carboncillo comenzó a desprenderse al rozar con la rugosa superficie blanca, dejando tras de sí un halo de sonido suave y áspero. Era lo habitual, un comienzo, como cualquier comienzo. Apenas dos letras había escrito sobre el folio cuando intentó retirar el lápiz para pensar antes de proseguir sin un claro rumbo, pero el carbono y la celulosa se abrazaban con la misma fuerza que un imán industrial y aunque intentaba tirar de él, fue incapaz de separar ambos elementos. Agarró de nuevo el lápiz, en esta ocasión con las dos manos y comenzó a forcejear en un vano intento de quebrar la tan esperable como inesperada unión.

Las dos letras, vestigio del poder del grafito, se deslizaron entre las irregularidades de la blanca nada. Crecían, se acurrucaban, bailaban una con otra, jugaban a esconderse en las sombras de carbón que dejaba tras de sí el amante lapicero. A cada caricia con que el instrumento deleitaba a la hoja del color de la nube, una nueva sombra de un gris ceniza quemada se unía al juego de las letras, comenzando a crear la fantasía.

Aún con las dos manos cerradas sobre las carillas negras y amarillas del lapicero, observaba atónitamente el loco juego de los trazos que, fuera de control, construían reinos y castillos, historias de amor y guerra, odios ancestrales, personajes, situaciones, paisajes de colores exuberantes en el blanco y el gris del papel y el carboncillo. Bajo sus blancos nudillos, ya sin sangre por la fuerza que intentaba aplicar sobre el objeto rebelde, miles de historias nacían a los pies de la muerte de las anteriores. Miles brotaban, bajo el auspicio de la luz casi mágica del flexo. Breves, fugaces, instantáneas y bellas. Miles morían desahuciadas y olvidadas, acogidas por la esperanza de un futuro renacimiento. Y miles se miraban unas a otras con curiosidad antes de lanzar un grito orgiástico de vida.

Abandonándose a la resignación de no ser capaz de controlar nada de lo que sucedía bajo su mirada, en parte porque su mente hacía rato que había olvidado que trataba de recuperar el dominio de la escritura, se dejó maravillar por los juegos del carboncillo. Y tanto arrastraban aquellas figuras que siseaban con el sonido del rasgar el lápiz un papel, que entró en el folio. Quedó dentro, persiguiendo raíles hechos de mina, persiguiendo sueños que surcaban sobre su cabeza un cielo de celulosa blanco como la luz de la lámpara del escritorio, sol que alumbraba un mundo íntimo de imaginaciones.

Comenzó no sabiendo lo que iba a escribir, pero lo que en realidad no sabía era hasta qué punto la escritura adquiriría vida propia, invadiendo el papel de locas imaginaciones que, probablemente, no estuvieron nunca dentro de su cabeza. Porque hay historias que, sin saber cómo, llegan de algún lado y nos hacen ser los meros instrumentos que las transcriben al papel. Sin saber cómo, porque no somos capaces de ver la vida interior del grafito, donde estos seres que muchos han llamado inspiración viven con el deseo de ser algo que contar, o de vivir fugazmente sobre el papel.

Cuando recuperó el autocontrol, el folio estaba prácticamente completo de trazos, todos ellos con la morfología de su propia escritura, aunque nunca tuvo el recuerdo de haber escrito aquello. Lo único que recordaba era un fugaz sueño encerrado entre el tiempo que flota entre una y otra cabezada. Un sueño de seres que viven en el interior del material de escritura: Seres de tinta, de alma fría y fluir lento y acompasado, multicolores pero solitarios; seres de carbón, felices sobre el papel, sociables, vivos, enérgicos, mutables…

Aunque no acostumbraba a usar lápiz para escribir, veía algo ciertamente mágico en ellos. Y es que aunque en el tiempo y el uso se diluyen en olvido o se hacen jirones de vagos recuerdos, las historias que realmente merecen la pena ser conservadas se aferran a la celulosa de tal manera que por más que el tiempo rasque, perduran por siempre.

Muchas veces, para mí, escribir es esto. Otras, es obstinación. Todas es alegría