16 Hilos: La muerte de los conceptos

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En una conversación que he espiado recientemente, saltó a la palestra una idea que, terriblemente aceptada por todos, pasó sin llamar mucho más la atención, hasta que se fue dejando un rastro de pérdida y tristeza.

Se trata precisamente de la muerte de los conceptos o, si no queréis poneros tan fúnebres como yo, de las palabras. De cómo hemos ido adaptando la filosofía y la vida moderna al lenguaje hasta el punto que las palabras difíciles de decir son aquellas con muchas consonantes sonoras o demasiadas sílabas, cuando las difíciles eran las palabras que decían algo tan intenso, tan importante, que daba a veces hasta más miedo que respeto el pronunciarlas.

¿Cuántas veces habré oído que tal concepto está desvirtuado? Por no decir que el propio concepto de lo desvirtuado está ídem. El Amor ya no es lo que fue, la magia no es lo que en su momento era, ser artista no significa ahora apenas nada y la honestidad no puede ser otra cosa que el nombre de una persona octogenaria.

He de decir que me embarga un sentimiento doble. El primero y quizá más común es el de pena, porque me da mucha pena que las palabras tengan tan poco valor, y mucha más pena me da la perspectiva de que su valor vaya a menos. El segundo, y el que me gustaría expandir, difundir y transmitir es el de declararme en pie de guerra en esta batalla que todos cantan por perdida. ¿Qué pasa si una única persona conserva el verdadero significado (o uno nuevo pero, al menos, poderoso) de las palabras? Creo que nada, que no pasa nada, pero basta con que una persona lo conserve y otra lo sepa para salvaguardar un concepto moribundo y anclarlo a la vida. Porque si es así, cuando esa persona cuyas palabras tienen el poder que se perdió hable con aquella otra que es consciente de tal poder en la palabra de esa persona en concreto, entonces (aunque sea sólo entre ellos) podrán hablar con un lenguaje (o sub-lenguaje) que reta a la desaparición de esos conceptos. Para ello sólo hacen falta dos personas… ¿y si imagino que son diez…? ¿y si imagino que son cien…?

Yo por mi parte, seguiré llamando Magia al arte de crear felicidad, quien quiera pensar en trucos de cartas, allá con su pobre mundo conceptual.